Es mil novecientos noventa y ocho, mi tatarabuela Aurora está en su ataúd mientras una veintena seguimos en aquella pequeña funeraria de Santa Bárbara. La tía Boris toma asiento junto a mí para verme directamente a los ojos

— No se duerma, tómese esto que todavía falta un rato —

Me entrega entonces un caballito de tequila que mientras baja por mi garganta revienta mis oídos explicitando los decibeles de aquel lugar. La tía Boris tenía razón, todavía faltaba un rato.

3 Comments:

  1. Arturs said...
    Le debes unos tragos a tu tía Boris. Me late mucho cómo termina el relato.
    Javier said...
    Ahora entiendo el porque de tu extraña conducta plantadora, no le dare alcohol a mi chavo hasta que este grande si no dejara a sus compis con ganas de verlo.

    De todas maneras te quiero y espero que me compenses con una guama. :)
    Yayé said...
    Perdón Eloyito, tuve que salir de la ciudad en carácter de emergencia.

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