Los vecinos del apartamento cuatro se compraron un gorila como mascota. Está en el patio que ambos compartimos y me mira. Al querer analizarlo, el gorila rompe la ventana al posar su garra sucia, haciendo un regadero de vidrios que rasgan las cortinas.

-Esto ya valió- pienso mientras tomo mi bolso del suelo y me coloco al revés mi chaqueta Cacharel azul.

El gorila se abre paso al interior de mi apartamento y destruye el escritorio con su peso, lanzando al aire papeles que, como confeti, celebran su estrepitosa entrada en casa ajena.


Debíamos partir a Los Ángeles, nos urgía estar allá en búsqueda de algo sin nombre. Con los boletos de avión en la mano un par de familiares ansiosos nos indicaron lo imposible de nuestro viaje. Nos recomendaron pensarlo mejor. Cambiaron la fecha de vuelo para tres días después, tiempo suficiente para recapacitar y ordenar decisiones. Nunca nos fuimos.

Llamó la vecina para decir que estás quemando los muebles de la casa para cocinar y guarecerte de las bajas temperaturas. Que haces por las noches fogatas en la cochera y pones en peligro a los circundantes con tus técnicas de supervivencia anacrónica y contaminante.

Me limité a decir – Ya van para cuatro meses que me mudé de ahí- .

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